<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-4890633135549228797</id><updated>2012-02-10T10:42:49.545-02:00</updated><title type='text'>Mis viajes a Piñazo</title><subtitle type='html'></subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://silvergudo.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4890633135549228797/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://silvergudo.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Julián Sick</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07072810000648410243</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='33' height='24' src='http://4.bp.blogspot.com/_KZbHc0v2pbg/SQ5AnQLecFI/AAAAAAAAAXc/lAhVUnGHwPA/S220/as.jpg'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>3</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4890633135549228797.post-6274899856914798345</id><published>2012-01-19T13:53:00.001-02:00</published><updated>2012-01-25T11:40:15.333-02:00</updated><title type='text'>Tercera Parte</title><content type='html'>Subí al piso de arriba a mirar por la ventana que da al claustro y me arrimé una silla especialmente para sentarme a mirar. Intuí que sembrar mi vista en un punto fijo me ayudaría a tomar la&amp;nbsp;decisión. Los vecinos escuchaban Fernando Cabrera. El cielo estaba por llover. Las gatas quedaron abajo, lamiéndose después de comer. Recordé que había pensado barnizar la baranda de la escalera ahora que hace calor, para que secara más rápido. ¿Y si me hago un café mientras? Tenía que bajar a hacerme el café, esperar a que hirviera el agua y subir, pero el pecho, sinceramente el pecho no me daba para tanto. Me recosté en la silla y sentí que el cuello hacía una mueca de hastío. Era posible que sintiera unas líneas celestes, medio calientes que me vendaban la cabeza toda la semana, todos los ratos. Y aunque había adelantado algo en mi vida, como tener dos gatas y acariciarlas, cuando pensaba en el escritorio del trabajo pensaba en el fusible flojo. Sus alcances y consecuencias. Tenía la mano dormida a esa altura. Pensé que si me masturbaba sería todo una baba que no me complacería. Y justo pasó un fusca por la calle enfrente al claustro. Un fusca rojo. En ese mismo momento me sonó el celular y miré: mensaje de Eliana. Tiré el celular por la venta, sin medir, sin pensar, sin nada, como sacarse una camisa blanca después de un casamiento y dejarla&amp;nbsp;caer&amp;nbsp;a los pies de la cama. Y se terminó el casamiento y la fiesta y solamente queda el descanso que me va a llevará hasta el día siguiente. Pensé que eso indicaba que se estaba terminando un capítulo. Me paré. Bajé las escaleras y me puse la campera, salí a buscar al fusca. El auto tenía algo que ver, capaz que si lo seguía realmente todo cerrara, cicatrizara, suturara, no sé. Empecé a caminar por esas cuadras que lo vi y luego no sé, no llegué a ver tanto, me dejé llevar y me dejé llover, porque se largó una lluvia fina. "Esto es limpieza" me dije y seguí caminando. ¿Qué era lo peor que podía pasar si me empapaba? ¿Engriparme? ¡Ni tanto! Entonces entré en el supermercado y me compré una petaca de whisky, mi&amp;nbsp;defensa&amp;nbsp;contra los microbios. Apenas al salir la petaca se me cayó de la mano y todo mi cuerpo perdió estructura. De pronto era como si al tocar la petaca el piso, mis huesos se hubieran desvanecido y solo quedara la carne y la piel, los órganos húmedos, el pelo, los ojos, ni siquiera sentía la firmeza de los dientes en la boca. Y me esfumé hacia el suelo como&amp;nbsp;dejar&amp;nbsp;caer&amp;nbsp;una camisa blanca&amp;nbsp;a los pies de la cama&amp;nbsp;después de un casamiento. Allí, siendo una babosa hecha de carne humana, una bolsa de yo, me mojaba la lluvia y el viento me lambeteaba húmedamente en un día gris. Lo primero que&amp;nbsp;pensé&amp;nbsp;es que estaba confundido, no podía recordar en qué época del año estábamos. ¿Otoño? ¿Invierno? Traté de respirar profundo pero creo que mis&amp;nbsp;funciones&amp;nbsp;vitales ya no eran las mismas. De hecho ni siquiera podía mirar algo, mover los ojos, enfocar. Aunque sentía olor a milanesa. ¿Y si intentaba desplazarme? ¿Dejaría un rastro de baba en el piso, como las babosas? ¿Me pisaría la gente? Hice un poco de fuerza hacia la izquierda y ¡me moví! Un poco más y me moví tanto que pronto&amp;nbsp;me di cuenta de que estaba cayendo. Automáticamente acomodé el cuerpo, fue un&amp;nbsp;movimiento&amp;nbsp;que ya estaba integrado, y bajé de la cucheta como un rey, quedé&amp;nbsp;perfectamente&amp;nbsp;de pie y eso que no había una sola luz. Sentí el ruido de una mosca y la respiración de mi compañero de abajo que dormía profundamente. ¿Qué era todo aquello? Seguía sintiendo la sed de café. Me di cuenta de que el piso estaba helado y pensé en calzarme pero algo en mi cabeza me previno, me advirtió y me apuró. Tenía que salir cuanto antes de ahí, era mi oportunidad. Me puse nervioso, cerré los puños y me vino un escalofrío... ¿Sentía miedo de mi compañero? Sí. Esa era la respuesta. ¿Yo estaba prisionero ahí? No sé. Pero debía escapar ahora mismo aprovechando que él seguía dormido. Pero ¿y el amor? ¿Y encontrar a la mujer adecuada? No solamente el sexo, no solamente ser unos perros en la cama, no solamente mimarnos con galletitas azucaradas durante el mate o compartir los dos mi semen caliente... ¿Qué pasaba con eso? ¿Siempre tenía que estar escapando? ¿No podía frenar un cacho a buscar eso? ¿Una mujer dulce? ¿Otra madre increíble para mis hijos? Alguien, pensé mientras salía del cuarto, que también amara a las gatas, les diera de comer y mucho cariño... Me encanta chocar los dientes cuando beso por primera vez a alguien, es como la sensación que me informa que ese beso, ese encuentro, ese conocimiento y esa boca, son genuinos.&amp;nbsp;Empecé a moverme a tientas a través de lo que parecía ser un largo pasillo, supuse que en algún momento mi vista se acostumbraría a la oscuridad y podría empezar a planear hacia dónde ir.&amp;nbsp;También&amp;nbsp;recordé que en las películas siempre que están perdidos en la oscuridad, encuentran alguna hendija de luz que los guía hacia la salida. Pero creo que&amp;nbsp;también&amp;nbsp;eso tiene que ver con asociar la luz con la divinidad, con el lugar hacia donde&amp;nbsp;&lt;i&gt;hay&amp;nbsp;&lt;/i&gt;que ir, adonde la sociedad cristiana nos empuja. No es que haya luz porque es&amp;nbsp;&lt;i&gt;el afuera&lt;/i&gt;, sino porque incluso cuando uno muere ve una luz hacia donde&amp;nbsp;&lt;i&gt;tiene&amp;nbsp;&lt;/i&gt;que ir. Empecé a sentir el frío, tenía el pelo mojado y me goteaba en los hombros, era una imagen muy hermosa, pero me daba&amp;nbsp;chuchos de frío y no me sentía cómodo. Imagino que era como algo medio psicológico, porque podía captar la belleza de la imagen, las gotas cristalinas cayendo y entrando&amp;nbsp;en contacto con mi remera de algodón y esparciéndose divinamente, como en un descanso real, mientras la remera les daba sitio y, al mismo tiempo, me defendía de un poco del frío. Es algo muy hermoso. Y a la vez, estaba tan solo allí... Cuando saliera iría al almacén. Siempre que me sentí solo fui al almacén. ¡Es medio loco pero es así! ¡Jaja! Incluso un domingo caminé varias cuadras hasta el shopping porque el almacén estaba cerrado. Pero claro, en el shopping no conocía a&amp;nbsp;nadie. Ojo, en el almacén yo charlo con Elito, pero tampoco puedo decir que lo conozco. ¿Qué sé de él? Que tiene un almacén, que tiene un hijo de ocho años con unos ojazos verdes, que se separó de la mujer el fin de año pasado, que le gusta jugar a la quiniela, que atiende con simpatía, que es alérgico a las frutillas y le da miedo hasta tocarlas para no brotarse... ¿Lo conozco? Me cae bien y chau. Punto. Me saqué la remera. Más frío pero más hermosura. Capaz que esto es una prueba. Capaz que me tengo que jugar los huevos y pasar un poco de frío para que aparezca la salida. Pero no solamente la salida de acá, sino una nueva etapa en la vida. Oí voces. Como niños cantando un himno. ¿Un acto patrio?&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4890633135549228797-6274899856914798345?l=silvergudo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://silvergudo.blogspot.com/feeds/6274899856914798345/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=4890633135549228797&amp;postID=6274899856914798345&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4890633135549228797/posts/default/6274899856914798345'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4890633135549228797/posts/default/6274899856914798345'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://silvergudo.blogspot.com/2012/01/tercera-parte.html' title='Tercera Parte'/><author><name>Julián Sick</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07072810000648410243</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='33' height='24' src='http://4.bp.blogspot.com/_KZbHc0v2pbg/SQ5AnQLecFI/AAAAAAAAAXc/lAhVUnGHwPA/S220/as.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4890633135549228797.post-9137885699396131827</id><published>2012-01-17T17:49:00.004-02:00</published><updated>2012-01-18T19:35:53.500-02:00</updated><title type='text'>Segunda Parte</title><content type='html'>Cuando desperté, alguien había puesto azúcar en mi boca y había granitos de azúcar en el piso, alrededor de mi cabeza. El silencio era como de muerte y no había nadie alrededor, salvo algunos niños que jugaban con las botellas vacías de un contenedor de basura como si fueran barmans o mozos de algún bar. Estuve bostezando por horas hasta que alcancé a darme cuenta de que tenía las piernas como tullidas de un cansancio que me impresionó. Pensé un poco en el fusible y me fui caminando hasta la primera parada de ómnibus que divisé, donde dormía una muchacha desde la noche anterior, con los brazos tatuados en flores color de rosa y hasta las venas parecían sumar a aquellas imágenes. Me sentí cansado pero bien, con un dolor de cabeza pequeño, que seguramente indicaba el pasaje por la droga de una manera atípica, porque también me seguían llorando los ojos luego de los bostezos. Todo era como lento, como salido de una caja pequeña de cartón viejo y grueso, con manchas de haberse empapado en orín en algún momento o no logro recordar demasiado bien. Y cuando fui a morderme una uña, mientras oteaba esperando el ómnibus, reconocí un suave olor de mujer joven y la muchacha a mi lado despertó, prendió un cigarrillo mentolado y se fue caminando, enderezándose el pelo en la cabeza y con cara de un simpático malhumor. ¿Qué mierda? ¡Parecía que era un día espantoso y que todo iba a acabar mal!, así que me levanté decidido y me compré un helado palito de frutilla en el kiosko de al lado de la parada. Cuando mi boca tomó contacto con el hielo saborizado artificialmente, miré al cielo y, aunque sentí un tirón en el cuello, rogué por sentirme mejor. Y un poco pasó, y otro poco lo forcé. Estaba alcanzando un estado de pesadumbre que casi era poco, así que no me preocupé del todo. Solamente faltaba averiguar a dónde ir. ¡Ojalá fuera eso lo más fácil! Me tomé cualquier ómnibus. ¡Sí, ya no importaba! Que me llevara a dónde quisiera, en el camino seguramente decidiría algo. Volví a morderme la uña y recordé más: una casa con grandes ventanales, un vaso de Johnnie etiqueta negra, botones de colores en una mesa ratona desperdigados, un frasco de sal, una discusión sobre las mujeres que no usan pollera y su percepción de la piel, el pelo de una mujer en mi lengua, el olor a fritura de un bar, mariscos multicolores, una bombachita con dibujos de Snoopy, eyacular sobre una remera negra en el hombro de alguien... Recordé haberme mirado en un espejo en un baño y verme hermoso, misterioso y atractivo, como el personaje de una película de misterio que esconde un secreto vital para que la película tenga sentido. Y recordé la carta, metí la mano en el bolsillo de la campera y&amp;nbsp;allí&amp;nbsp;estaba. El almirante me había hecho una carta de recomendación para conseguir más fácil una entrada en el proceso de selección de la banda de música de la marina. De repente el ómnibus paró y subieron tres hombres con capuchas negras, tipo terroristas. Pensé que se trataba de una murga o algo así porque iban vestidos iguales, pero entonces vi que tenían armas tipo rifles y me asusté muchísimo. Dos de ellos hablaron con el conductor a un volumen que no entendí nada y luego que el ómnibus arrancó, se quedaron allí adelante parados, mirándonos a todos los pasajeros y sin hacer gestos ni decir nada. Reconsideré la situación: capaz habían capturado el ómnibus y no nos iban a hacer nada a los pasajeros. Solamente les importaba viajar gratis... ¡Era una estupidez! ¿Invertir en rifles para viajar gratis? ¡Jajajajaja! Miré por la ventana para tratar de que no me vieran&amp;nbsp;reírme, pero creo que me vieron igual. El ómnibus estuvo dando vueltas por calles pequeñas, ninguna avenida y luego de media hora empezó a viajar hacia Canelones otra vez. No tengo nada en contra de Canelones, pero no quería volver ahí, entonces se me ocurrió una idea: no había visto a nadie intentar bajarse naturalmente, en ningún lado. ¿Y si simplemente me bajaba del ómnibus? Si esos tipos&amp;nbsp;querían&amp;nbsp;viajar, yo les debía importar veinte pedos. ¿Quién era yo en sus planes? De última, si yo bajaba igual quedaban unas quince personas en el ómnibus. Me iba a bajar. Pensé que lo mejor era no mirarlos y hacer como si no pasara nada, tipo que me bajaba en la que viene como todos los días. También pensé que si uno de ellos me hacía un gesto como advertencia o amenaza y yo no lo estaba mirando, se enojaría y capaz me disparaba ahí nomás... Entonces los miré pero sin meterles la pesada, era como pedirles permiso por la vista, pero sin tratar de que se dieran cuenta de que en ellos estaba el permiso... Me agarré del respaldo del asiento delantero y sentí un sonido fuertísimo, como una locomotora a toda velocidad o un torno de los de la fábrica de Juan Negreira cuando funcionaban en verano durante doce horas de corrido. No le di pelota, asumí que sería el ruido del miedo y me levanté lentamente. Los tipos no se movieron, ni se inmutaban, aunque yo no podía darme cuenta si me estaban&amp;nbsp;mirando&amp;nbsp;exactamente a mi o al pasaje en general. Decidí seguir cada uno de mis movimientos a la misma velocidad, porque parecía que todo estaba funcionando bien. En el momento en que estuve completamente erguido, sentí un agua en la boca, un agua dulce, y me asusté. ¿Me estaba descomponiendo del miedo, era como una enfermedad aguda eso? ¡Pero el vómito o la sangre no es dulce! Dudé. En ese momento me di cuenta de que uno de los tipos tenía cuerpo de mujer. Era una mujer. Capaz tenía entonces más posibilidades de salir vivo de esa, porque las mujeres son naturalmente más buenas que los hombres. ¿Tenía azúcar en la boca? ¿Azúcar que se estaba disolviendo en mi saliva? ¿De dónde salía? Por las ventanas se veía que estábamos entrando a la ciudad de Canelones. Eso, de alguna manera, me dio fuerzas para continuar. Salí de entre los asientos y caminando de costado, con el pretexto de mirar dónde me bajaría, como si no supiera nada de ese lugar, miraba al trío secuestrante. Apenas se movían. Hasta que uno de ellos, no la mujer, se&amp;nbsp;dio&amp;nbsp;vuelta quedando de cara al parabrisas y se quedó mirando así quieto, con los hombros algo caídos, incluso. ¡Mejor! pensé. Me arrimé más "naturalmente" a la puerta de atrás y toqué el timbre. En ese momento una señora de edad, que estaba cerca de la puerta, dio un respingo, y la vieja puta me contagió el miedo, por lo que aguzé mucho más mi vista para mirara a los tipos de adelante y a la mujer. Nada. No hacían nada. ¡Mi lógica funcionaba! ¡Les importaba veinte pedos el pasaje, solamente querían viajar gratis! Y el ómnibus empezó a arrimarse a la vereda frenando. Pensé en tirarme en cuanto abriera la puerta, aunque no frenara del todo, no me importaba lastimarme, pero todavía no se abría la puerta. Afuera, se veían puestos de una feria que estaba sobre la vereda. Vi ropa y algunas cajas de juguetes. Claro, estábamos cerca del seis de enero y ya la gente compraba las cosas para los reyes de los nenes. Vi un borracho con la ropa desarreglada y la piel del rostro curtida por el sol y pensé "pobre desgraciado, está en pedo y son recién las diez de la mañana" ¿Qué queda para esa gente? ¿Seguir tomando toda la vida como adictos al alcohol? ¿No acostumbrarse a nada más que vagar como en una pecera esférica llena de vino clarete? Mi padre murió así, con el hígado consumido por el whisky, el vino suelto del almacén y las revistas pornográficas. Todo en su vida era una suma de cosas mugrientas que se mezclaban en una pasta gris como el cemento y él le agregaba los ladrillos de las horas para hacerse su celda de mierda. A eso había que sumarle el olor del cigarro. Dos cajas por día. ¿Cómo mierda podía resistir tanto? ¿Y cómo mierda mi madre pudo haberle chupado la pija a un tipo así, y dejarse tener hijos con él? Hasta yo debía tener olor a alcohol y a cigarro por tener la sangre de aquel tipo. Imaginé que mi madre debía sentir el gusto a cigarro cuando le chupaba la pija y me sonó el &lt;i&gt;handy&lt;/i&gt;. Era Eliana que me dijo "¿querés ahora?". La oferta en esa especie de&amp;nbsp;código&amp;nbsp;era una paja más, sobre el puentecito de arriba, donde estaban los armatostes de las luces y los peces de colores armados con goma eva, casi casi contra el techo mismo del teatro. Había que caminar agachados ahí, como serpientes pensé. Lo malo era que tanto cablerío, aún en el medio de la golosa paja que se venía. me haría acordar que todavía no arreglábamos el fusible flojo. ¿Y si le decía a Eli que estaba vez quería penetrarla? O acabarle en los labios de la vulva, yo qué sé... cambiar un poco, jugárnosla. Y sé que estoy obrando como automáticamente, como guiado exactamente por lo que la sociedad me hace sentir, siendo empujado por un auto lento desde detrás, sintiendo el paragolpes en las pantorrillas pero sonriendo, como un&amp;nbsp;imbécil, porque el&amp;nbsp;impulso&amp;nbsp;me hace avanzar pero ¿qué pasa si me quedo quieto? La música se termina para siempre. Quedo desnudo para siempre. Quedo habituado a las sombras. Quedo en un estado de mantenimiento eterno, como el fusible flojo. Quedo igual que el hombre a la deriva de Quiroga, en una muerte que todos prevén y él niega, ignora, patalea contra. Yo sé que nos enseñan a no cuestionar las cosas y cuando nos enseñan a cuestionarlas, es una forma de no&amp;nbsp;cuestionarlas&amp;nbsp;pensando que las cuestionamos. Sé lo que pasa cuando un monitor de una computadora actúa sobre nosotros, o el humo del porro o el dinero. Pero otra cosa es que pueda esquivarlos, como en un salto alto, dándoles la espalda mientras gano altura y sabiendo que voy a caer en un colchón re mullido. ¡Entonces todo me chuparía tres huevos! Me detuve por un momento entonces. Ojo, estoy seguro de que elija lo que elija no tengo salida, es como reptar en un cuarto encerrado de forma horaria o anti horaria tratando de que esos cambios abran la puerta, ablanden al carcelero, derritan la cerradura, desaparezcan las paredes, me despierten de la pesadilla y aparezca mágicamente en un hogar maravilloso. Me detuve igual. Sin ganas de llorar pero cansado, esperando que la canción que me gustaba llegara en el disco este nuevo. Abrí la heladera y tomé dos buches de agua fría. Saqué el paquete de ravioles al vacío y lo tiré arriba de la mesada de la cocina, maullaron las dos gatas al mismo tiempo. Primero puse agua a hervir, y luego les serví las galletitas esas sequitas. Resoplé. Resoplaba. Empezó la canción que yo quería, pero no me gustó, era obvio. Fui a la ventana y miré para afuera, capaz que salir a caminar me despejaba un poco. ¿Llamaba a Eliana y le pedía que viniera esta noche? No sé.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4890633135549228797-9137885699396131827?l=silvergudo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://silvergudo.blogspot.com/feeds/9137885699396131827/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=4890633135549228797&amp;postID=9137885699396131827&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4890633135549228797/posts/default/9137885699396131827'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4890633135549228797/posts/default/9137885699396131827'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://silvergudo.blogspot.com/2012/01/segunda-parte.html' title='Segunda Parte'/><author><name>Julián Sick</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07072810000648410243</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='33' height='24' src='http://4.bp.blogspot.com/_KZbHc0v2pbg/SQ5AnQLecFI/AAAAAAAAAXc/lAhVUnGHwPA/S220/as.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-4890633135549228797.post-6519231074818645605</id><published>2012-01-15T13:18:00.037-02:00</published><updated>2012-01-25T11:56:40.756-02:00</updated><title type='text'>Primera Parte</title><content type='html'>El fusible estaba flojo. Se desesperaban los hombres del barco para agarrarlo, de ello dependía la vida entera de quienes estuviéramos ahí o yo estoy recordando un presente que me fue dado en la memoria en base a cuestionamientos. Habían homosexuales y algunos estaban sentados tranqui, en la silla, abriendo y cerrando las bocas como pichones a punto de morir, con sus gargantas asfixiadas como monedas de dos pesos en las manos de un niño que pide plata para el Judas. ¿Mi gesto? Apoyaba los labios sobre el dorso de la mano izquierda y resoplaba por la nariz: estaba ansioso de conocer las próximas horas. A esta altura llegaron los camaradas del sur y entramos todos en un bar de Canelones, con calor, con las botas subidas hasta la rodilla y las tarjetas de autorización pendiendo del bolsillo de la camisa. Eran días de gloria y sin embargo, eran días de manifestar el silencio de dormir en cuchetas de lastre, inmundicia y el olor de la bodega que nos pinchaba la nariz, pero nadie sabía que Eliana y yo cogíamos ahí. Aunque ella me agarraba la pija y yo acababa en un par de minutos, le decíamos &lt;i&gt;coger &lt;/i&gt;porque nos sentíamos bien luego. Bastante bien, la verdad. Las puertas estaban cerradas a cal y a canto así que no importaba. El fusible estaba flojo. De mañana tomábamos el desayuno sentados alrededor de todos los demás, y nos sentíamos flotando etéreamente como las almas que se desprenden de los muertos y empiezan a comprender su nuevo &lt;i&gt;status quo&lt;/i&gt; desde encima, quietas, sobrevolando la carcaza mientras el aire se vacía de música de Radiohead y deja entrar un agua azul turbia, empastada en las encías, dulce hasta el ácido mismo de los sabores. ¿Qué estábamos haciendo allí a esa hora ese día? Estábamos pretendiendo cocinar silbando, mientras el divorcio de mis padres se ponía la capucha y salía a correr bajo la lluvia, con el pretexto de entrenar para cuando fuera el gran día. Reíamos. Estaba claro que éramos un par de sardinas felices, desgastadas por madurar de golpe cada año, juntando los aprendizajes inmorales hacia el final de los trescientos sesenta y cinco días, como los menudos de pollo se apelotonan en un embudo y dejan chorrear apenas sangre hacia la botella. Y brindábamos con pizza y rodábamos por el suelo y teníamos hijos por doquier, en cada cama y en algunas mesas de amigos pobres, de amigos ricachones con porro de alta calidad, pastoso y seco, entrando en detalles. Aquí viene una definición del diccionario de la Real Academia Española:&amp;nbsp;"pornografía.&amp;nbsp;(De pornógrafo).&amp;nbsp;1. f. Carácter obsceno de obras literarias o artísticas.&amp;nbsp;2. f. Obra literaria o artística de este carácter.&amp;nbsp;3. f. Tratado acerca de la prostitución." Eliana tenía un perro macho llamado André. Ella lo quería muchísimo el día en que se murió y ahí comprendí algunos detalles del amor que por supuesto, no pude revelarme, y recién llegué a entenderlos a fin de año, entre los maníes y las papitas Chips, la cerveza helada y una mano tibia entre mis piernas, escondida bajo la mesa, de una muchacha que resultó ser mi cuñada cuando me di cuenta. Faltaban cinco minutos para las doce y al rato estábamos festejando todos que se había terminado el año. Los demás festejaban que había empezado otro, y yo tenía un miedo bárbaro de que el sol del nuevo año me quemara la ropa en las cuerdas, ¡jajaja, las secara hasta que se rajaran en mi propio cuerpo!, una sensibilidad que tuve desde chico y la diagnosticaron como una de las tantas variedades de sarna. Por eso creo yo que me acercaba a los animales sin temor de nada, porque ya estaba todo el pescado vendido y no me importaba nada. Llegué a saltar de trabajo en trabajo por la misma cuestión, y saqué sueldos exquisitos que jamás guardé excepto un momento de iluminación que me compré una computadora y viajé. Me sentía atolondrado por el placer, llegué a masturbarme varias veces en el mismo día, como siete u ocho, y aunque en el fondo me parecía que estaba mal, en la cama me parecía que estaba genial, que estaba despertando una nueva cicatriz pero como un tatuaje, un símbolo de un pasaje exquisito por la vida. Ahora era diferente, ¿llegaron a ver que en las recetas que se incorpora el merengue a algo, lo hacen suavemente?, bueno, así es como la madurez se me iba metiendo en la cabeza y empezaba a entender la situación, a poder evaluarla cuidadosamente pero sin perder la percepción, las sensaciones de lo que estaba pasando a mi alrededor. Entramos a ver que el picaporte estaba como comido por las termitas y nos dio miedo, pero yo no me moví. ¡Éramos un montón de hombres ya crecidos, carajo, no nos íbamos a cagar por eso! Es cierto que el mar te hace perder la noción del tiempo, que extrañábamos todos a nuestras familias y que había un cadáver a bordo que nadie conocía, que aparecía de noche en las duchas, revolcándose como un gusano en convulsiones en el agua jabonosa, entre los pies descalzos del que allí hubiese ido a calmar el insomnio, pero también es cierto que debíamos asumirnos. Ni más ni menos. Y bajé una palanca en mi mente. El ruido de los pianos pareció cesar y ya no hubo otra luz que la de mi corazón, ni alegre, ni triste, ni anestesiado, era una luz que emergía de los ojos de los demás, y entonces bajé otra palanca en mi mente. Y otra y otra. Y ahora los días eran los caballos de la granja de Leticia,&amp;nbsp;tironeando&amp;nbsp;la campera de cuero nuevita, quién sabe por qué. Era hermosa ella. Y me doy cuenta de cuántas mujeres son hermosas y uno las deja pasar porque no hay otra. Porque nadie es dueño de nadie y ellas pasan. ¡Es bueno haberlas tocado! ¡Si será! Pero pasan como el viento fresco a eso de las cuatro de la tarde de verano. ¡Uf! ¡Qué lindo! Es una sensación como de estar satisfecho y no necesitar nada más. Y ver que Leticia domina los caballos con sus palabras aprendidas de su padre, en el campo, y que será una mujer muy feliz con sus hijos rubios creciendo. Yo estoy seguro de que serán unos hombres maravillosos. Y también estoy seguro de que ella no volverá a gozar nunca más. Ahora es solamente una madre trabajadora, que domina los caballos. Es feliz así, no me malinterpreten, pero no volverá a gozar nunca más, no ubico muy bien por qué. Quizá porque una parte muy importante de su goce, el núcleo de su placer, que era redondo y precioso, se me quedó en las manos. Y ahora su cuerpo debe ser una fábrica de trabajos maternales y de granja. Jamás un receptáculo de sensaciones como era antes. Creo yo. Me parece muy hijo de puta escribir esto así, pero es lo que siento y creo que no le hago mal a nadie. A mi, por el contrario, me provoca sensaciones encontradas como de claustrofobia. El fusible seguía flojo y era muy importante que un submarino estuviera bien iluminado, ¡era todo tan artificial allí abajo! Sabias construcciones de una ingeniería que no acababa de convencerme. Solamente deseaba llegar a casa. A mis pasteles de manzana verde, las manos de una mujer y ¡por favor, mi botella de whisky barato! ¡Jaja! Soy un loco terrible con esas cosas. ¿Pero es tan exagerado querer comodidad en la vida? No hablo de paz porque la paz es como que "¡uuuuuuuuuuu, tremenda cosa!", pero hablo de sentir que cada movimiento, cada fibra muscular, cada paso dado y cada palabra dicha, cada eyaculación tiene sentido. Que nada se hace porque sí nomás, para llenar un hueco. Y escuchaba una guitarra eléctrica con un sonido distorsionado y precioso, acordes hermosos y de un dulzor nostálgico. Pensé que quizá moriríamos ahí y les miré las caras a todos, tratando de hallar un mensaje en sus gestos. Lo que vi era que estaban aburridos, los masacraba el desgano y la apatía, pero para mi era otra forma del miedo, el saber que por momentos el oxígeno alcanzaba una presión insalubre y sentíamos el pecho como mordido por una madre gigante y medio boba, que cree que alimentarse de cualquier cosa viva es alimentarse. Una presión que nos hacía ahuecar la cabeza en las almohadas y gritar en silencio. Yo deseaba que me explotaran los oídos, que me sangrara el ombligo, algo que me sacara de ese motivo, porque era todo insoportable. Luego de un rato ya estaba todo bien y el capitán nos mimaba con vodka y harina de trigo, hacíamos pan casero y charlábamos alrededor del fuego, como muchachos medio infantiles, contándonos aventuras que en sí eran aburridas, pero había que dejar pasar el tiempo, solo quedaba una semana más. Yo me comunicaba por chat, pero el sarcasmo así es como que llega con &lt;i&gt;delay&lt;/i&gt;, por lo que algunas cosas eran difíciles de describir y las ventanas inexistentes tendían a tener un sonido envolvente que se parecía mucho a las drogas que nos aconsejaba el doctor de a bordo, contra los más diversos males que en realidad eran todos uno solo: la inmensidad. Pero la comida era exquisita. Llevé las herramientas al primer octavo del sector seis y mientras iba cruzando los pasillos estrechos, incursionando en una oscuridad cotidiana, pensé en el sol que habría afuera, un sol de verano, radiante y caluroso, una luz que iluminaría todas las cosas y haría cambiar el color de la piel a la gente, un ente bestial, un astro. De pronto el olor del moho, bastante habitual, me pareció asqueroso, el estómago se me dio vuelta y vomité. Saqué la taza térmica con el café medio tibio de la mochila y le di un sorbo automático mientras miraba de reojo la antecámara primaria: distribuido en todo aquel espacio ultra pequeño, había un mobiliario de cocina, todo en el piso. Un mueble pequeño, de los de colgar, de donde asomaban un par de ratas como si fuera su casa, una cocina a supergás roída por el óxido, una cajonera a medio devorar por las polillas y una heladera que parecía tener un aspecto mucho mejor que las otras cosas. No me quise acercar mucho más. Era hora de aplicar el protocolo, por lo que saqué el &lt;i&gt;handy &lt;/i&gt;y llamé a Gustavo, que llegó a los quince minutos con su hermano y el rusito. Empezamos a seguir el sonido de los tamboriles adentrándonos en lo profundo del edificio y yo sentía un vaho sexual, como cuando la cama no sirve para más que nada que para el sexo y el olor de todas las cosas es concha, pija, flujo y leche. Toqué las paredes con las yemas de los dedos y me dejé llevar por el frescor.&amp;nbsp;El fusible estaba flojo.&amp;nbsp;¿Cuánto habíamos caminado, dos horas, seis horas? El sonido del tambor más grueso (seguramente un piano o bombo) hacía temblar las paredes y en un momento en que las linternas enfocaron un pedazo de revoque cayendo, el rusito comenzó a reír pero de miedo, como una risa de mentira. Era muy posible que pudiéramos quedarnos encerrados ahí, buscando a la comparsa por esos sótanos laberínticos mientras afuera la gente iba a trabajar y se preocupaba por el precio del boleto y pasar por el almacén antes de llegar a su casa, pero no había vuelta atrás. Supongo que todos habíamos elegido estar ahí por diferentes historias de vida, pero el putísimo resultado era el mismo: el moho&amp;nbsp;hirsuto, la droga y la sensación de que teníamos un pelaje que vibraba al son de los tambores, como una conexión de piel con dioses que estaban en lo más primario de la música. Igual el precio era muy alto. Yo pasé por placeres mucho más alegres que ese... Sin embargo ninguno era como ese. Intenté pensar en si los animales podían sentir aquello como placer y me acordé de los peces, de cuando íbamos en el lanchón con el tío Luis surcando el océano y llegamos a ver delfines que parecían locos de contentos apretados bajo tanta agua cristalina. No pude evitar&amp;nbsp;sonreír&amp;nbsp;y el rusito rió conmigo, mostrándome un símbolo en la palma de su mano, un tatuaje de una mujer de piernas abiertas pero que en lugar de tener vulva tenía algo parecido a la tristeza, un gato muerto reciente, una pecera quebrada por la diferencia de temperatura, un feriado sin dinero, en fin, algo parecido a la tristeza. Decidimos dormir ahí y continuar dentro de unas horas. Yo estaba muerto de cansancio, todos los días trabajábamos más de quince horas consecutivas. Cuando mi espalda tocó el piso de baldosas helado y me acurruqué contra una pared, me sentí bien y me di cuenta de que llevaba años esperando ese momento, poder hacer sencillamente un alto en una larga línea de sucesos que venían encadenados por la vigilia y la búsqueda, la búsqueda y la vigilia. Entrecerré los ojos, alguien sintonizó una radio y me dejé embotar por el murmullo lluvioso hasta que desaparecí en la oscura pausa del descanso. Los tambores ni se alejaban ni se acercaban, parecía que se estaban quedando allí hasta que despertáramos. Igualmente, de común acuerdo, dormimos con las linternas encendidas.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/4890633135549228797-6519231074818645605?l=silvergudo.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://silvergudo.blogspot.com/feeds/6519231074818645605/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=4890633135549228797&amp;postID=6519231074818645605&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4890633135549228797/posts/default/6519231074818645605'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/4890633135549228797/posts/default/6519231074818645605'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://silvergudo.blogspot.com/2012/01/download.html' title='Primera Parte'/><author><name>Julián Sick</name><uri>http://www.blogger.com/profile/07072810000648410243</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='33' height='24' src='http://4.bp.blogspot.com/_KZbHc0v2pbg/SQ5AnQLecFI/AAAAAAAAAXc/lAhVUnGHwPA/S220/as.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry></feed>
